Despedir
- hace 5 días
- 2 Min. de lectura

Tener que decir adiós a una etapa de nosotros que ya no existe o debe dejar de existir cuesta, duele, toma tiempo pero es necesario.
Las transiciones no se asumen de la noche a la mañana, sería muy fácil decirlo. Pero la realidad sería una noche oscura, sumergida en un torrencial imparable, con apenas unas lámparas que entre esperanza y nostalgia aguardan bajo la lluvia, comparada con una tarde de primavera álgida y vivida bajo los botones de un jardín en pleno abril, la calidez del sol y el canto de unos pajaritos.
Pretender que el dolor es nulo frente a los cambios, es una ilusa idea que no nos deja más que en la desesperanza y el fracaso de no ver las cosas como son. Es como el mendigo que espera cada noche poder contar sus monedas y que el total sea suficiente para pagar todas sus deudas y emprender una vida nueva.
Compararnos con una versión de nosotros que ya no existe y que surgió en determinadas circunstancias es pedirle al invierno que nos caliente y cobije bajo su calor. No solo es imposible es indecente, inoportuno e iluso.
Querer que los recuerdos de la infancia perduren para siempre intactos e intachables sería negarnos a una evolución natural que solo cumple su función, elevarnos hasta el punto de madurez suficiente y necesario para cada temporada presente.
Negarnos a crecer sería como petter pan respecto a la tierra de nunca jamás. Queriendo pertenecer y habitar en un lugar que solo es parte de una fábula y mágico cuento de hadas.
Aferrarnos a las oportunidades y posibilidades que nunca se dieron, no sería más que atascarnos en alma y cuerpo a un escenario que llegó a su fin, un show que ya terminó y al que le preceden muchos más.
No podemos encerrarnos en el nunca jamás, quedarnos en las expectativas y momentos que nunca se dieron. Nos cuesta ensanchar nuestro territorio a tierras lejanas, a mar abierto. De preferencia con poco equipaje o como bien dice Riqui Gel; viajar ligero. Traer solo lo necesario, suficiente alimento para el espíritu y el soplo que hace ser al alma.
Por lo tanto hay que despedir, despedir y cerrar etapas, despedir y hacer maletas, despedir y llorar aquello que nunca pudimos, despedir y vivir los días, despedir las muchas cosas que solo le hacen peso al alma y a la vieja barca de la vida.
Despedir es tan necesario para poder abrirnos paso hacia lo próximo, hacia lo nuevo que nos espera. No hacerlo es como cerrar la puerta esperando que podamos salir. No despedir es querer empacar unas maletas que ya están llenas.


Comentarios